lunes, 7 de julio de 2014

Otoño



Mañanas frescas, campestres. Tardecitas soleadas, materas. Ocres y amarillos y rojos y marrones dilatan las pupilas de este señor que no deja de mirar a un otoño que cayó como la lluvia, como el colchón de hojas que pisan sus zapatos de piel (y todo lo demás también.)
  Y entonces el señor sube a un bondi con su mirada más otoñal que el año, y con ese tembleque en su mano que sostiene la sube con fuerza. Y la otra, la izquierda, la boba, en el bolsillo, guardada como su ideología. Y este señor va. A ningún lado pero va.
Y sin embargo va.
Por sobre todo, va.
Sin sentido. Sin sentirlo, pero va.
Llegará la noche seguramente y el frío (de otoño en los huesos) vendrá con ella y ella no vendrá y el señor entonces estará lejos. Tan lejos que ni la misma muerte lo alcanzaría. Lejos de sí. Lejos de no. Lejísimo (Cielo en blanco, enorme, lejísimo.)
(Dios es una máquina de humo) piensa recurrentemente y se detiene en una esquina que no dobla. Y la piel seca y escamada y sedienta
y la tinitis que atormenta
y la alitosis que ahuyenta
y chicles con sabor a fruta.Soy un hijo de mil putas piensa, no caben dudas.
Y amanecerá por alguna ruta, o quizás por un cabaret. No lo sabe todavía. Ni lo sabrá, Pero sucerderá seguramente como suceden las cosas, la vida sucede así.
Y la mañana llegará húmeda y oliendo a café con leche. Y estará en su casa tal vez, o en algún rincón de este mundo al que llamará así.
Y suspirará su soledad,
y suspirará su verguenza,
y sus pecados suspirará.
Suspirará despacio y todo volverá a empezar.

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